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Danza de terror

Se estrena en cines Suspiria, un remake del filme de terror de Darío Argento, firmado por Luca Guadagnino. Te contamos porqué la nueva película es más cine de danza que la anterior

 

Texto_OMAR KHAN

Madrid, 6 de diciembre de 2018

Suspiria 77

Para los cincuentones de hoy, esos que fueron chavales en los setenta, el nombre de Darío Argento se escribe con mayúsculas. El realizador italiano (a todas estas padre de Asia Argento, actriz precursora del #metoo que fue desterrada del movimiento por supuestamente abusar de un menor), trajo notables aportaciones al cine gore y el terror slasher de la época con un estilo elegantísimo de mostrar vísceras, que lo convirtió en padre del giallo, subgénero italiano del terror más descarnado. Tuvo seguidores en todo el mundo y para muchos de ellos, su película más lograda y conseguida fue Rojo profundo (1975), un filme de psicópata en toda regla, que podía entonces permitirse el gesto poco gay friendly de recurrir al tópico del homosexual frustrado y atormentado que mataba mujeres porque en realidad se odiaba a sí mismo por su condición.

Sin embargo, con el tiempo, la que se ha convertido en película de culto es Suspiria (1977), una delirante y fascinante historia de brujas ambientada nada menos que una estricta escuela de ballet en Alemania, regentada por un equipo de encantadoras maestras de danza que, por la noche cuando todas las alumnas duermen, se entregan a aquelarres y conjuros espeluznantes. Lo sorprendente de esta película auténticamente gore, radicaba en su cuidada estética que colocaba el acento en una iluminación expresiva de colores saturados, la presencia protagonista de la inquietante música de la banda Goblin, de rock progresivo, y una belleza formal bastante ajena a este tipo de producciones serie B. Pero, por otro lado, no se cortaba ni tenía medida alguna a la hora de escenificar secuencias de sangre y vísceras desparramadas e incurrir en todo tipo de excesos como esa lluvia de gusanos procedentes de los cadáveres descompuestos que las brujas ocultan en el altillo de la escuela, que caen por miles sobre la cabeza de las estudiantes o ese perro que muerde la yugular de un ciego, con los consecuentes chorros de sangre.

Suspiria no era, exactamente, lo que conocemos como una película de danza pero el ambiente de la escuela de ballet le prestaba elegancia y ponía un contexto adusto y adecuado al relato de las maestras brujas. Tuvo como protagonista a la prometedora actriz norteamericana Jessica Harper, que se quedó en eso, en promesa, y mira por dónde, en un papel secundario como bailarín, al mismísimo Miguel Bosé. Ahora, a cuarenta años de aquel peculiar filme que se convirtió en obra de culto, el realizador italiano Luca Guadagnino da un giro de timón a su carrera (su película anterior fue la delicada Call Me By Your Name) y hace un remake de Suspiria, que se puede ver en cines de toda España.

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Lo primero que hay que aclarar es que la Suspiria de Guadagnino está más interesada en la danza, a la que otorga un papel más relevante sin dejar de ser, desde luego, un filme de terror. Hace un cambio de lo más interesante. Elimina la escuela de ballet y la cambia por una compañía de danza contemporánea, lo que hace más adulta la historia. Para las escenas coreográficas ha contratado a Damien Jalet, coreógrafo belga-francés que suele crear a cuatro manos con Sidi Larbi Chekaoui, y que ha ideado para la ficción del filme el proceso de una pieza nueva y la reposición de una vieja de la compañía en la que las brujas son maestras y coreógrafas. Ambientada en los mismos años setenta, Jalet dota de un aire neeoclásico con aspiraciones a vanguardia el estilo de la compañía, lo que parece adecuarse al uso maligno que las brujas hacen de la danza contemporánea, convirtiéndola en una disciplina capaz de matar con su energía (impresiona la escena en que Dakota Johnson, la protagonista, mata con la fuerza de su danza, en un solo frenético, a la cautiva alumna encerrada en la habitación contigua).

Muy intencionadamente una de las poderosas brujas, Madame Blanche, interpretada con notable acierto por Tilda Swinton, se ha diseñado a imagen y semejanza de Pina Bausch, con resultados sorprendentes. Es idéntica y si no, mire la foto superior. También recurre Guadagnino a la danza para la larga y espeluznante escena final, en la que dota de un carácter coreográfico de gran eficacia un virulento aquelarre.

La nueva Suspiria amplía horizontes para el cine de danza, y nos viene a decir que después de El cisne negro (Darren Aronfsky, 2010) todavía quedan michas posibilidades para esta unión de apariencia imposible entre danza y terror. Pero hay cambios. Guadagnino renuncia a la esmerada estética de Darío Argento y también modera las dosis de gore, suprimiendo gusanos y otras asquerosidades, e intentando darle un cariz más autoral al relato, con referencias al momento político social alemán del momento (específicamente el secuestro de un vuelo de Lufthansa por parte del grupo terrorista de extrema izquierda Fracción del Ejército Rojo), también hay una historia añadida que da antecedentes sobre las brujas, en un episodio portagonizado por Jessica Harper la protogonista del original, y además unos flashbacks a la niñez de la protagonista, demasiadas vertientes que lejos de aportar, confunden y en no pocas ocasiones se alejan demasiado del núcleo central del filme. También cambia, de manera bastante radical, el final convencional pero lógico de la película del 77, probablemente a peor.

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