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Un termómetro al rojo vivo

Nuevo reto para la destacada bailarina de Zumaia que, tras una carrera internacional deslumbrante, asume en septiembre la dirección artística de la compañía de Víctor Ullate, su maestro, que se declara en retirada y le pasa el testigo del potente colectivo de la Comunidad de Madrid. Seguirá bailando pero al no ser coreógrafa, se esperan cambios en el repertorio y la entrada de nuevos creadores

Texto_BOGOÑA DONAT Fotos_JUAN GATTI

Dice Lucía Lacarra (Zumaia, Guipúzcoa, 1975) que su llegada a la dirección artística del Víctor Ullate Ballet no cierra ningún círculo, sino que es “una continuación lógica”. Pero bien parece un cuento con final feliz. En 1984, la hoy bailarina de proyección internacional, lloraba cuando veía el programa de TVE El kiosko, porque reparaba en niñas de su edad que aprendían ballet en la escuela de Ullate. Tenía nueve años y escasas posibilidades de perseguir la que era su vocación desde los tres años, porque en su pueblo no había centros donde la impartieran. Al poco tiempo se marchó a San Sebastián y con 11 ingresaba en la escuela del veterano docente y artista. De hecho, realizó su debut a los 16 años bajo sus órdenes. Bailó Allegro Brillante, de Balanchine. En 1994 abandonaba la compañía de su gran mentor para ingresar en el Ballet Nacional de Marsella, junto a Roland Petit. De 1997 a 2002 se enroló en el San Francisco Ballet. Y a la experiencia americana, le siguieron 14 años en el Ballet de la Ópera de Múnich. Los últimos dos años ha emprendido la senda freelance que la ha devuelto a colaborar con Ullate, como también con el Ballet de Dortmund y la Compañía de Russell Maliphant. A partir de septiembre vuelve a la que ha llamado “mi primera casa, donde nací y crecí como bailarina profesional”. Por lo pronto este verano seguirá en gira por España con la que será su compañía bailando Carmen y El amor brujo, dos de las últimas obras de Ullate. Quizás con este cambio no cierre un círculo, pero sí que le hace un guiño a la niña que fue.

Siempre se ha guiado por un termómetro interior…

El termómetro interior es el instinto que he tenido siempre como bailarina. He cambiado muchas veces de compañía, pero no era porque no estuviera feliz sino porque sentía que necesitaba un cambio, que debía experimentar algo nuevo, aprender otra cosa o evolucionar de otra manera. Eso es mi termómetro, el impulso que nunca me ha dejado acomodarme, estancarme, sino que siempre me ha estado dando la señal de que tenía que estar en la búsqueda y el progreso para desarrollarme.

¿Qué temperatura marca ahora mismo?

Está a tope, porque estoy motivadísima con el nuevo cambio. Acabo de pasar unos días en Madrid donde, aparte de ensayar, porque estoy aprendiendo cosas nuevas yo misma, estoy programando mucho y participando en reuniones. Me está fascinando.

¿Con qué ánimo asume la dirección artística del ballet que le vio nacer profesionalmente?

Todo el trayecto que he hecho desde que dejé la compañía de Víctor hasta ahora me ha preparado para asumir este puesto. Me ha dado el conocimiento y la experiencia que son necesarias para tomar el relevo a Eduardo Lao y dirigirla basándome en todo lo que he vivido en tantas compañías. Está bien poder transmitir a las nuevas generaciones lo que has recibido. Tengo muchas ganas de bailar, pero estoy súper ilusionada con tomar el rol de directora y apoyar a los maravillosos bailarines de la formación.

¿Piensa compatibilizar el baile con la dirección?

Sí, claro. Me siento todavía en forma y con ganas de bailar. Tengo muchas ganas de bailar y estoy descubriendo nuevos repertorios. Estoy súper motivada y tengo la capacidad para hacer las dos cosas. Siempre he pensado que era muy difícil compatibilizarlo, pero tengo la visión de llevar la compañía al extranjero, y para impulsar al ballet fuera, mi nombre es importante, porque tengo muchos contactos. Después, ya podrá ir ella sola.

¿Cuáles son sus planes?

La idea es mantener el alma, el legado de la compañía, que es el trabajo de Víctor Ullate y Eduardo Lao. De hecho, ambos seguirán relacionados con la compañía, pero como Víctor ya no estará como creador permanente, el objetivo es ir inyectando nuevos estilos, nuevos coreógrafos, para dar la oportunidad a los bailarines de experimentar y de trabajar con otros artistas.

¿Qué estilos está barajando?

Estilos que se fusionen bien con el carácter y la personalidad de la compañía, y que nos den la oportunidad de abrir fronteras y propulsar a la formaciónde una forma que no se ha vivido hasta ahora.

De hecho, se plantea mantener el vínculo como invitada permanente del Ballet de Dortmund.

Sí, voy a mantenerlo porque va a ser una relación beneficiosa para la compañía de Madrid, porque vamos a tener proyectos conjuntos.

¿Se plantea coreografiar?

Te doy una respuesta concreta y concisa: no, nunca. Para mí, coreografiar es un trabajo que no tiene nada que ver con el de bailarina. Jamás he tenido la necesidad creativa de expresarme a través de una coreografía, sino que siempre he querido ser el instrumento de un creador.

Premio Nijinsky en 2002, Benois de la Danza en 2003, Premio Nacional de Danza en 2005 y el Dance Open Grand Prix de Saint Petersburgo en 2010 y 2013. ¿Qué significan para usted los premios?

Una motivación y un sentimiento de que mi trabajo estaba siendo apreciado. No me he dedicado a este trabajo para recibir premios y me sorprendió cada uno de ellos. Te da una alegría ver que personas de tu propio entorno están valorando el trabajo que estás haciendo. Me ha dado alas para seguir luchando.

En la galería del Teatro Nacional de Múnich hay retratos de grandes artistas y, entre ellos sólo dos bailarinas, la alemana Konstanze Vernon y usted. ¿Ese legado físico es más importante que cualquier galardón?

Eso fue algo maravilloso, porque era la primera vez que elegían a una bailarina para incluirla en la galería. Además es una exhibición permanente que no tiene que ver con el departamento de danza, sino que es parte del edificio y permanecerá allí una vez que la compañía cambia, que muera yo… Es algo histórico y sólo pensar que un día pueda ir con Laia y mis nietos a la galería para que vean a su madre y a su abuela, me parece muy bonito.

En 2017 protagonizaste un corto de Jon Ugarriza sobre la pieza sinfónica Ilargia de Ken Zazpi. ¿Se ha planteado repetir la experiencia cinematográfica?

Siempre me ha encantado la parte interpretativa de la danza, así que me gustaría tener la posibilidad de hacer algo pequeñito, me divertiría muchísimo. Pero no es fácil y no tengo mucho tiempo (risas).

Tengo entendido que dos fotos son su hogar. ¿Le acompañarán en esta etapa?

Por supuesto. Esas dos fotos están siempre conmigo. En una salen mis padres cuando eran novios. Mi padre murió cuando yo tenía dos años y nunca he tenido imágenes de él. La otra es una foto de la virgen de mi pueblo que me dio mi madre cuando me fui por primera vez de gira, porque sólo tenía 15 años, me iba a Cádiz y mi familia no pudo acompañarme. Aquel día me llevé esas fotos porque me arropaban un poco y las puse en el espejo del camerino mientras me maquillaba. Desde entonces, se convirtió en una tradición. Esas fotos han recorrido conmigo el mundo entero.

No había estudio de ballet en su pueblo, ¿cómo es que no se desanimó?, ¿cuán fuerte era la necesidad de bailar para que haya llegado hasta aquí?

Lo llevaba dentro, era una vocación. No sé ni de dónde me vino. Yo quería bailar porque lo necesitaba, y por mucho que tuviera que esperar desde los tres hasta los nueve años, en mi mente estaba convencida de que iba a ser bailarina. No decía me gustaría, sino voy a ser bailarina. El primer día que me cogí a una barra para hacer el primer ejercicio que me enseñaron ya me sentía una bailarina. Tenía el mismo sentimiento aquel día que el que tengo hoy. No sé, no puedo explicarlo.

En 2009 se rompió la rodilla, ¿vio tambalear su carrera?

Nunca había pensado hasta entonces cómo reaccionaria ante una lesión, porque había tenido mucha fortuna. Cuando pasé lo tomé de una manera positiva que nunca me hubiera podido imaginar. Si me hubieran dicho que me iba a parar seis meses, hubiera respondido que se me caía el mundo. Pero cuando me sucedió me lo tomé como un paso más dentro de mi carrera. Me pasó en el escenario, no porque hubiera estado esquiando o jugando, así que era parte de mi trabajo. Y me lo tomé como un proceso. Primero me propuse arreglar el problema y luego me tomé la rehabilitación como parte de mi trabajo. Mis objetivos eran pasito a pasito, muy pequeños. No pensé en bailar hasta que me vi capaz de intentarlo y me recuperé de una manera maravillosa. Tuve muchísima ayuda de profesionales impresionantes.

¿Es muy metódica?

Imagino que soy muy metódica, pero mi diario responde a algo más emocional que metódico, porque sé que un día dejaré de bailar.

¿A su hija también le gusta el ballet?

A Laia le encanta bailar y cantar, y tiene muchísimo ritmo, pero nunca le incitaré a que baile o la traeré conmigo a los estudios, como hacen otras bailarinas, ni le pondré tutú y zapatillas. Para mí, la danza fue algo que llevaba dentro, que nadie de mi familia ni en mi pueblo entendía. Yo quería bailar porque lo sentía y me gustaría que ella tuviera ese mismo sentimiento, sea con el baile, con el canto, con el fútbol, con lo que quiera. Lo más importante en esta vida es saber lo que uno quiere hacer. Si Laia puede vivir disfrutando de lo que hace, será el regalo más grande.

¿Mantiene el diario de espectáculos que empezó en su debut en Cádiz?

Es un diario anual que tendré siempre conmigo hasta el último espectáculo. Comencé a escribir en él, porque en mi primer espectáculo me regalaron una libreta pequeñita para desearme suerte. Y estaba tan emocionada de hacer realidad mi objetivo de ser una bailarina profesional que quise plasmar ese momento. Luego se convirtió en una tradición que me encanta porque puedo ir hacia atrás y leer esos libros y saber lo que hice, lo que bailé. Un día, mis hijos o mis nietos lo podrán ver y se reirán de las cosas que pongo.

Lucía Lacarra con el Ballet Víctor Ullate. Con Carmen: Albacete (9 de mayo); Zamora (20 de mayo); Zaragoza (2 y 3 de junio); Sevilla (13 y 14 de junio); Jerez (16 de junio). Con El amor brujo, en Lorca, el 11 de mayo. www.victorullateballet.com

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