molina

 

Madre

Con las localidades agotadas llega a Madrid A Grito pelao, la última y emocionada creación de la artista malagueña

 

Foto_PABLO GUIDALI

Es verdad que todo el trabajo de Rocío Molina (Málaga, 1984) ha tenido casi siempre un importante componente muy personal indisociable de su obra, como corroboran las propuestas intensas y terriblemente bellas Cuando las piedras vuelan, Bosque ardora o Caída del cielo, pero quizá sea su nueva creación Grito pelao, que ha entrado en el encumbrado cartel del Festival de Avignon y recala ahora, del 26 al 28 de septiembre, en Teatros del Canal de Madrid, su obra más comprometida consigo misma. Habla de su deseo de ser madre, de lo que ello significa siendo homosexual y lo que supone para una bailaora profesional. No estará sola en el escenario y ha citado para acompañarla a su propia madre, Lola Cruz, en lo que promete una confrontación vivencial con la maternidad y ha llamado además a la cantaora Silvia Pérez, por la que siente una admiración que es mutua. Apoyada en la dramaturgia del ya habitual Carlos Marquerie, Molina lleva –otra vez- el flamenco a los límites y por esa vía convierte Grito pelao en un verdadero exorcismo para sacudirse demonios, muy alejado del festivo jaleo del recital de flamenco tradicional. Para ella, Pérez, que también es madre, ha creado unos temas que evocan a Lorca, cuya Yerma termina conectada emocionalmente con Rocío Molina, probablemente una de las más innovadoras creadoras en el muy diversificado paisaje flamenco del momento, además de ser una bailaora única, hipnótica y feroz.

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