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GISELLE APOCALÍPTICA 

Te contamos por qué nos parece más que coherente que el público del Teatro El Liceu anoche quedara conmovido y retribuyera con una estrepitosa ovación la ‘Giselle’ de Akram Khan, bailada por Tamara Rojo con el English National Ballet…

 

Texto_JOAQUIM NOGUERO Foto_LAURENT LIOTARDO

Barcelona, 07 de mayo de 2022

El público en pie. Aplausos intensísimos. La platea, los palcos y los distintos pisos, abarrotados. Un éxito indiscutible. Pero puede que no sea simple hambre de danza, así en general, la exhibida en el Liceo de Barcelona anoche, para una representación cualquiera, con espectadores normales, ajenos a las invitaciones de los estrenos. Puede que lo ocurrido sea solo un merecido reconocimiento a la calidad, el gusto intelectual de sentarse ante una historia bien contada y mejor bailada, el placer casi físico de sumergirse en la marea de sensaciones de una banda sonora sinfónica y electrónica envolvente, más la gracia de dejarse seducir por la liviana perfección de las interpretaciones individuales y por el peso de la fuerza de gravedad con que los grupos de bailarines acaban por arrastrar nuestra mirada hacia su órbita. Todo esto es la Giselle de Akram Khan que el English National Ballet, dirigido por Tamara Rojo, acaba de traer al Liceo con la propia Rojo en el rol principal.

Qué potente fuerza plástica y rítmica surge de la conjunción de todo ello. Qué brutal expresividad nace así de una pieza entre contemporánea y primitiva, entre precisa y primigenia, que es clásica, pero desde la más absoluta contemporaneidad, y presenta bailarines que actúan y sienten con la naturalidad de actores de cine y una escenografía y un vestuario expresionistas casi arrancados de un futuro distópico. He aquí un mundo apocalíptico y oscuro, la lucha por el poder, el pueblo sometido y la más auténtica bajada a los infiernos de la pareja protagonista, también a lo Orfeo y Eurídice. La historia es terrorífica, al mismo tiempo que mágica. Es moderna con raíces tradicionales. Y tan triste como esperanzada. La Giselle de Khan marcará un hito. Es ya para el siglo XXI lo que en 1982 representó la del sueco Mats Ek para el s. XX: una bocanada de aire fresco, con profundas capas de sentido que insuflan vida, cual monstruo de Frankenstein, al fosilizado cliché de repertorio en el que a menudo se ha convertido el ballet de Adolphe Adam (1841).

Que el público se levante de sus asientos con la sonrisa en la cara y aplauda la pieza con la calidez de la noche de ayer, de forma entregada y nada mecánica, no es habitual. Y el mérito es por entero de Akram Khan. Lo ratifica comparar su éxito con la fría reacción de hace unos años en el Liceo, cuando la “versión” presentada por el English National Ballet la firmaba directamente Tamara Rojo. El encargo que la directora hizo poco después al coreógrafo británico es muy probable que naciera precisamente de ahí. En la firmada por Tamara la gente se preguntaba qué versión, mientras que hoy la Giselle de Khan regala a la bailarina una de sus mejores interpretaciones, la más carnal y sentida, la que nunca habría podido soñar mejor para su despedida como intérprete si, tal como ha anunciado, este ha sido su adiós al escenario del Liceo. Un regalo ¡im-pre-sio-nante!

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