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La dama mínima

Quisimos saber qué empujó a Lucinda Childs a convertirse en pionera del Minimalismo. Y esto nos contó la legendaria coreógrafa, que trae su clásico Dance a Teatros del Canal, con el Ballet de la Ópera de Lyon. Además, habrá homenaje en el Museo Reina Sofía

 

Texto_OMAR KHAN   Fotos_LUCIE JANSCH /JAIME ROQUE DE LA CRUZ

Madrid, 19 de febrero de 2019

Menos es más. Tal fue el principio que movió a los artistas plásticos que instauraron el Minimalismo, una corriente que buscaba en la economía de recursos la máxima expresividad. Eran los años 70 y aquello era Nueva York, el único lugar en el que era posible una fusión de las artes y una libertad nunca antes conocida por los creadores. Lucinda Childs (Nueva York, 1940), coreógrafa que formaba parte del reputado grupo de la Judson Church, quiso experimentar con las ideas minimalistas en la danza y de su investigación surgió un trabajo obstinado y fascinante que hacía caer al espectador en el hipnotismo con sus frases limpias, perfectas y sobre todo, repetitivas.

Para muchos su coreografía Dance (1979) es la cumbre de la danza minimalista y una de las obra más representativas de la posmodernidad. Ha resistido el paso del tiempo y fue la pieza más relevante del prestigioso Festival de Montpellier en verano de 2017 y el núcleo central del homenaje que le rindió a la creadora norteamericana el Festival de Otoño de París, en 2016, con esta reposición que ella misma montó para el eficaz equipo del Ballet de la Ópera de Lyon, compañía que los días 20 y 21 de febrero se representará en los Teatros del Canal, de Madrid, en programa conjunto con otro clásico posmoderno: Set & Reset, de Trisha Brown.

Adicionalmente, los días 23 y 24 el Museo Reina Sofía de Madrid ha organizado todo un homenaje a la Dama Minimalista, con entrada libre. El sábado, en el Auditorio 400, se podrá apreciar un programa en el que Ruth Childs, sobrina de Lucinda, (re)interpreta tres solos históricos de los años 60 y 70 (Pastime, Carnation y Museum Piece), se proyectarán seguidamente dos audiovisuales y finalmente, habrá un encuentro con las dos artistas. Al día siguiente, domingo (en doble función a las 11h y a las 13h) se representará la obra de 12 minutos Katema (1978).

 

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Dance

En Dance, Childs dispone a los 17 bailarines cruzando armónicamente el escenario en líneas rectas, con un uso recurrente de la diagonal, moviéndolos al ritmo incesante de la música que le compuso expresamente Philip Glass, compositor emblemático del minimalismo musical. Sobre la boca del escenario una pantalla traslúcida proyecta una película, originalmente creada por el artista plástico norteamericano Sol LeWitt, que reproduce desde distintos ángulos y a descomunal tamaño la misma coreografía, con lo que se produce una dualidad, una representación simultánea de la misma obra que termina por hacer aún más fascinante la propuesta gracias a la precisa sincronización entre filme y escenario.

“Creamos juntos esta forma en la que los bailarines mismos son el decorado”, recuerda hoy la coreógrafa. “Inicialmente la idea era que fuese una abstracción pero fuimos llegando a esta nueva concepción que me gustaba más. Sol entendió perfectamente que no se trataba de un acompañamiento audiovisual convencional”. La película le permitía presentar a los bailarines en todo su realismo (el filme repite lo que ocurre en el escenario) pero desde otra dimensión, que es más grande que los seres humanos, una que, de hecho, los empequeñece.

La otra colaboración relevante para Dance la trajo Philip Glass con su música electrizante de frases repetitivas. No era la primera colaboración que hacían juntos. En 1976, ambos habían sido convocados por el prestidigitador escénico Bob Wilson para hacer aportaciones decisivas a su obra más relevante, la monumental ópera Einstein on the Beach, que instauró el concepto de teatro de las imágenes para referirse a la obra multidisciplinar de Wilson.

Con esta pieza Lucinda Childs saltaba de los pequeños teatros experimentales de Nueva York, donde presentaba sus obras minimalistas usualmente en silencio (de las cuales cuatro son las que se verán en el Museo Reina Sofía el fin de semana), a estrenar en el Metropolitan Opera House con música en directo. “Era la primera vez que trabajaba con un compositor y quise de inmediato experimentar la forma de trabajar que tenía Merce Cunningham con el compositor John Cage, en la que la música no era conocida por los intérpretes hasta el ensayo general”.

De esta forma, ahondaba en la dimensión estética y matemática de su trabajo, que se basa en patrones espaciales muy estrictos. “Para mí es importante que los bailarines dominen esta estructura matemática, que tengan una formación que les permita construir las frases mentalmente, pues es lo que les permitirá saber qué hacer en todo momento. Las secuencias de movimiento son construidas como una partitura y es así como se elaboran las frases coreográficas, por lo que la relación con la música debe ser rigurosa y matemática. Yo hago un trabajo que requiere la máxima precisión”.

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Patrones espaciales

Los creadores del movimiento posmoderno de la Judson Church seguían senderos distintos en la ejecución de la danza pero coincidían ideológicamente en cierto rechazo a los convencionalismos y formalismos del ballet académico, excepto Lucinda Childs que no renuncia a ellos pero los potencia desde otro ángulo. Sus bailarines son técnicamente sofisticados pero al mismo tiempo deben evitar cualquier tipo de sugerencia dramática o expresividad. Más que una narrativa o una dramaturgia emocional, sus obras son patrones espaciales, rigurosas estructuras que mutan a lo largo del tiempo de manera imperceptible. La coreógrafa admite y reconoce la influencia que ejerció sobre ella Merce Cunningham pero los objetivos son muy distintos. Allí donde Cunningham considera que la danza, la música, la escenografía e iluminación son independientes y no tienen relación alguna entre ellos salvo su coincidencia en el espacio-tiempo de la representación, el trabajo de Childs parece ir en dirección contraria, como queriendo demostrar que todos estos elementos son un todo único e indisociable.

“Cuando era una estudiante había visto una de esas piezas de Cunningham en la que los bailarines no conocían hasta el momento del estreno la música que les había compuesto Cage. Y me fascinó esta manera de trabajar la estructura coreográfica. Pude ver un ensayo sin música y luego me asombró el resultado en el escenario con la música incorporada. Desde entonces siempre tuve fascinación por su trabajo, su manera racional de abordar lo coreográfico. Fue muy inspirador y quise experimentar con mis bailarines esta pulsación común antes de tener la música”.

También trabaja el gesto cotidiano, que fue una obsesión de Trisha Brown, otra de las precursoras de la Judson Church, cuya obra Set & Reset también podrá verse junto a Dance en sus funciones de Madrid. Pero una vez más avanzan desde la misma idea hacia puertos diferentes, porque Brown quiere acercar la danza a la vida, en tanto que Childs tiene un vocabulario que por ser extremadamente simplificado la coloca próxima a acciones cotidianas como caminar, correr o saltar pero alejadas del naturalismo, presentadas de una forma fría y geométrica, calculada y mecanizada, como formando parte de una estructura matemática alejada de lo cotidiano.

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Pantalones ajustados

La obra de Lucinda Childs, no obstante, ha avanzado hacia otros derroteros y búsquedas. Fundó su compañía en 1973 y la cerró en 2000, debido a las dificultades económicas que le suponía mantenerla. Se aproximó a Europa y ha hecho numerosas direcciones escénicas para ópera (Salomé, de Strauss; El mandarín maravilloso, de Bartok) y algunos encargos para compañías europeas como el Ballet National Du Rhin. Sin embargo, se le sigue recordando por esta fase suya de obsesión minimalista, especialmente creaciones como Einstein on the Beach o Dance, pero también por coreografías como Mayday (1989), en la que volvió a colaborar con Sol LeWitt o Available Light (1983) con participación del arquitecto Frank Gehry.

El re-montaje que ha hecho de Dance para el Ballet de la Ópera de Lyon es casi exacto al mismo que hizo para su estreno en 1979. La película original de Sol LeWitt ha sido grabada de nuevo (plano a plano, por Marie-Hèléne Rebois), con los bailarines del colectivo de Lyon, y con algún leve cambio en el vestuario. Por lo demás, permanece intacta. “Antes los bailarines de contemporáneo no teníamos una técnica tan perfeccionada como ahora, éramos menos versátiles, así que he querido destacar los cuerpos en esta nueva producción. El pantalón original era amplio a la manera de los setenta y ahora al ser más ajustado permite ver mejor la manera de bailar, deja ver esas precisiones que no teníamos los bailarines de los setenta y que son tan importantes en mi propuesta”, concluye la destacada coreógrafa.

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