PeepingTom

Madre mía

La polifacética compañía flamenca llega a Madrid, con Moeder (Madre), segunda parte de una trilogía familiar que se presenta en Teatros del Canal los días 16 y 17 de marzo

Texto_OMAR KHAN Foto_HERMAN SORGELOOS

Dicen que en el siglo XI vivía en Coventry, Inglaterra, una bondadosa aristócrata llamada Lady Godiva que intentaba convencer a su marido de rebajar los severos tributos que exigía a sus pobres vasallos. Para complacer sus deseos, su esposo le impuso una absurda condición: debía cabalgar desnuda por las calles del pueblo. Querida por todos y sabiéndose beneficiaros de semejante humillación, los habitantes acordaron encerrarse en sus casas cuando ella pasara para no avergonzarla. Todos cumplieron, menos uno. Su sastre no pudo resistirse a la tentación y la espió por un agujero. Pasó así el hombre a la historia como Peeping Tom (Tom, el mirón) y nueve siglos más tarde su apodo tendría el dudoso honor de designar a lo hoy que conocemos como un voyeur.

No resulta para nada gratuito ni caprichoso el hecho de que la argentina Gabriela Carrizo (Córdoba, 1970) y el francés Franck Chartier, exbailarines y coreógrafos anclados en Bruselas, llamaran a su colectivo Peeping Tom. Rara vez el nombre de una compañía conecta de forma tan directa con la línea conceptual de la agrupación. Pero desde la ya lejana Caravana (1999), su primera creación cuando aún formaban parte del colectivo Les Ballets C de la B que dirige Alain Platel, hasta la última, Moeder (Madre, segunda parte de su trilogía sobre la familia) el espectador hace siempre las veces de ese sastre que mira por el agujero la intimidad de otros. En sus espectáculos, Peeping Tom somos nosotros.

Como ocurre con los voyeurs, los espectadores tienen siempre una visión parcial de las escenas, a veces terribles y otras delirantes, que ocurren en ese mundo al que nos asoman. No todo se entiende, no todo tiene lógica pero es que miramos y oímos solamente una parte. La información llega fragmentada y eso otorga un aire enigmático a sus creaciones dando luz verde a la imaginación. Siempre hay ventanas, puertas, trastiendas, trasfondos o escaleras que conducen a otras estancias que muestran parcial o fugazmente lo que en ellas ocurre a una audiencia-espía, que debe ordenar e intentar dar sentido a los datos que se le ofrecen en esta visión parcelada de una realidad siempre extraña y de tintes surrealistas, donde el tiempo no es cronológico ni la gente hace cosas coherentes. Peeping Tom ha creado un universo propio de apariencia hiperrealista y perfectamente reconocible que, no obstante, siempre insiste en huir de la realidad. Madre, su última creación, firmada por Gabriela Carrizo, es hija legítima de esta agrupación insólita fuera de todo registro conocido, que coquetea con el teatro, con el cine y con la danza, y que cosecha fans allí donde llega. En el Teatro Central, de Sevilla, donde son asiduos, escucharon ovaciones de pie el pasado mes de diciembre, ocurrió lo mismo en el Mónaco Dance Forum, festival de Montecarlo que los invitó, y en el Mercat de les Flors, de Barcelona. Siempre en colaboración con la Delegación del Gobierno de Flandes, aparecen este mes de marzo en los madrileños Teatros del Canal.

La condición humana podría ser destacada como el obsesivo tema central de todas sus obras, mientras que la familia y sus secretos una predilección recurrente en su peculiar estilo de danza-teatro. Seducidos por las trilogías, la primera que crearon y probablemente con la que definieron claramente su estética y ese exigente vocabulario corporal marcado por los espasmos y los cuerpos retorcidos, narraba en tres espacios de una misma casa la involución de una familia aristocrática venida a menos. Le jardin (El jardín, 2002), Le Salon (El Salón, 2004) y Le Sous-Sol (El sótano, 2007) constituyen los tres capítulos del proceso largo de una creación enigmática que, sin recurrir a una narrativa convencional, arrojaba mezclados y fragmentados trozos de realidad e irrealidad a una audiencia que se quedaba siempre atónita. No era una historia lineal ni una saga familiar al uso pero estaban perfectamente definidos los personajes que configuraban aquella familia, se identificaban algunas situaciones y se evidenciaba que estaban en crisis. También quedaba claro que cuando llegaban a El sótano, la tercera parte, ya todos estaban muertos y eran fantasmas vagando a la manera del realismo mágico.

Tras la gélida 32 rue Vandenbranden (2013), que se desarrollaba en unas casitas aisladas por la nieve, y la muy teatral A Louer (En alquiler, 2014), dos trabajos que siendo independientes llevaban consigo las mismas cargas emocionales de dolor, amor, humor y terror que su primer tríptico, vuelven ahora a una nueva trilogía de larga gestación, en la que otra vez la familia retorna como fuerza centrífuga de las pasiones. La estética, las búsquedas y el lenguaje siguen siendo los mismos de siempre como se verifica en las dos partes ya estrenadas, Padre y Madre, que cerrará su ciclo con Niños hacia 2019. Nuevamente otorgan un especial protagonismo a la luz expresiva y al espacio, una residencia de ancianos en Padre y una especie de bunker que puede ser museo, tanatorio, casa o estudio de grabación, en Madre. Pero algunas cosas han cambiado en la dinámica Peeping Tom. Una de ellas es que Carrizo & Chartier, que eran una única firma, han comenzado a alternarse la dirección de las creaciones, así Padre (2014) la creó él y Madre (estrenada el pasado otoño en Bruselas) le ha correspondido a ella. La otra novedad es que han comenzado a aceptar encargos. Chartier montó para el Ballet de la Ópera de Göteborg su versión 33 Rue Vandenbranden, y ambos aceptaron asumir por separado el reto de montar una trilogía (otra vez) para los estilizados y entrenados cuerpos del Nederlands Dans Thater (NDT), de Holanda. Se trata de un proyecto en el que exploran el mundo del terror con claras referencias al cine de género, que fue iniciado con la exitosa The Missing Door (Carrizo, 2013), literalmente continuado por The Lost Room (Chartier, 2015) y cerrado por The Hidden Floor (2017). Así de ajetreado está su futuro pero lo que les mantiene más activos por ahora es la enorme gira internacional de Madre, una obra que como todas las suyas, tiene puntos de partida muy concretos y reales. Uno de ellos, la muerte de la madre de Gabriela Carrizo.

¿Está su madre representada en Madre?

Lo de la pérdida de mi madre fue muy doloroso y originalmente quise que la pieza fuera un regalo para ella pero terminó saliendo muy negra. Sin embargo, hay algo concretó que sí tomé para la creación. Mi madre pintaba y cuando murió quise llevar sus cuadros al velatorio. De allí sale esa idea del espacio como museo, que tiene que ver con lo que quieres conservar y preservar. Sí… yo creo que está mi madre en Madre. Lo que ocurre es que intencionadamente he querido tomar mucha distancia y también está todo el material que aportaron los bailarines, por el que me he dejado llevar.

¿Por qué la familia aparece siempre como un tema recurrente en Peeping Tom?

La familia es un núcleo pequeño que te permite hablar de las relaciones humanas. Aquí el foco está puesto en la madre y el punto de arranque es su ausencia, está muerta. Siempre tenemos un punto de arranque en Peeping Tom y la madre es un tema vasto, grande, del que queríamos dar múltiples visiones pero huyendo del estereotipo, cogiendo cierto distanciamiento. El espacio es un museo familiar donde hay cuadros, objetos, cosas de la familia con la figura omnipresente del hombre, un espacio ambiguo donde ocurrirán ciclos de vida, dramas de la memoria.

Madre tiene el acento colocado en los sonidos. Incluso participa en directo una Foyer [montadora de sonidos para cine] que a través de las sonoridades del agua en directo nos hace sentir, y casi creemos ver, que todo está mojado…

Activamos la memoria a través del sonido. Mi hermana dijo: “Mi madre fue el primer sonido en mí”, y esa frase poética me marcó y me ha hecho reflexionar. El sonido te permite viajar a otros lugares, a universos invisibles, fantaseamos en Madre con el sonido de un cuadro, quisimos hacer un zoom para ir a escuchar en él algo imperceptible, ir hacia adentro.

Ya tenemos Padre y Madre. ¿Cómo será Niños?

Estamos lejos todavía de Niños. Nos debatimos entre tener o no niños en escena porque suele ser muy complicado. Hay en Madre una niña que crece dentro de una incubadora y exploramos el dolor que significa para sus padres no poder tenerla ni tocarla. Esa es una pista que estamos siguiendo para la tercera parte. Lo que sí tenemos claro es que el trabajo dramatúrgico se va a desarrollar desde el punto de vista de los niños. Mi hija ya tiene 14 años y la cuestión de la adolescencia es un asunto existencial que me resulta muy interesante.

No es muy común encontrar danza que aborde el terror pero Peeping Tom parece muy interesado en el asunto. Madre tiene pasajes muy terroríficos y The Missing Door asusta a los espectadores…

En The Missing Door no buscaba explícitamente el terror pero creo que el miedo es un motor de creación importante que despierta sentimientos indescriptibles. De niña me gustaban los cuentos y las series de terror, y me he dado cuenta de que el miedo es algo que vivimos permanentemente en sociedad. Cuando hicimos El Salón acababa de tener mi hija y era lo más bello y hermoso que me podía haber pasado pero al mismo tiempo estaba permanentemente el miedo. Miedo a que le pasara algo, miedo a la responsabilidad de ser madre.

¿Cómo se ha definido y desarrollado el lenguaje Peeping Tom?

Nuestro proceso creativo ha sido muy orgánico. En todo nuestro trabajo las bases son siempre las mismas. Hemos tratado de desarrollar nuestro lenguaje siempre preguntándonos qué es teatro, qué es danza… me preguntan con frecuencia cómo me veo y no me veo como nada. Yo sigo buscando y sigo sin saber. Tiene que ver quizá con que en la vida tenemos muchas preguntas sin respuesta.

Sus bailarines son muy versátiles ¿Tiene un perfil específico en la cabeza?

La búsqueda del movimiento pasa por el pensamiento, la vemos muy ligada al ser, al intérprete, a lo que piensa y a lo que siente. Hacen cosas maravillosas con sus cuerpos pero no es eso lo más importante sino que lo físico vaya unido a lo emocional, a lo humano.

¿Contenta?

Estoy contenta, sí. Un poco cansada. Tenemos apoyos, coproducimos, tenemos giras y está bien pero son muchas decisiones. Siempre estamos con la cabeza en el futuro, ya estamos pensando lo que será el 2019 y el 20, y es difícil. Uno no crea para complacer pero cuando tienes un estreno es una lucha con los subsidios, los coproductores, se crean muchos compromisos. Desde luego cuando hicimos Caravana, en 1999, no imaginamos nunca que esto iba a ser así.

¿Volverá a bailar?

La última vez que bailé fue en El Salón. Y no, ya no… quizás más adelante.

Peeping Tom. Moeder (Madre). 16 y 17 de marzo. Teatros del Canal (Madrid). www.teatroscanal.com www.peepingtom.be

 

DESPIECE

Madre

Corazón sangrante

Está llena Madre de referencias cinematográficas. No alude precisamente a Magnolias de acero ni a películas exaltadas sobre la maternidad. Está más cerca del surrealismo de David Lynch, con esa máquina de café con vida propia en cuyo interior, además de cables, puede haber una cantante o un bebé muerto, y del cine más escalofriante de Roman Polanski: por supuesto, La semilla del diablo, espeluznante historia de maternidad diabólica, pero también proximidad a la paranoia de los enfermos protagonistas de Repulsión o El quimérico inquilino. La mirada hacia la figura de la madre es aquí más bien dura y metálica, nada edulcorada. La primera escena es elocuente. Aparece un tanatorio con el cadáver de la madre tras el cristal. Pero respira. Escuchamos sus estertores y una luz roja indica sus exhalaciones pero aún así, el ataúd es cerrado y se la llevan. Lo que sigue es el duelo, la locura con apariencia de cordura y una sucesión de imágenes y situaciones inconexas que conducen a varias líneas narrativas todas inciertas: una pareja que ve crecer durante los años a su hija en una incubadora, una mujer que intenta robar el cuadro de un museo, sangrantes y danzantes enfermeras embarazadas, una mala madre, una Madonna que canta, el dibujo de un corazón que sangra, bebés que lloran, cochecitos iluminados que cruzan solos el escenario, puertas y escaleras que esconden misterios. Madres aterrorizadas ante su embarazo, padres que pierden a sus hijos, hijos que pierden a su madre… No hay una línea única ni una narrativa convencional pero Gabriela Carrizo se centra en la madre huyendo de los tópicos maternales y consigue crear todo un universo de sugerencias en su nueva creación, donde el espacio escénico, los trajes, la iluminación y muy espacialmente el sonido, crean un marco hiperrealista para albergar el más puro y maternal surrealismo. Los intérpretes, que son grandes actores, bailarines insólitos e inspirados cantantes de todas las edades y con distintas calidades de movimiento, aportan credibilidad y solidez a esta francamente perturbadora propuesta, donde la atmósfera inquietante juega un papel dramático fundamental. Un mundo extraño que trae un sello ya inconfundible, el de la agrupación Peeping Tom.

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