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SECRETOS NORUEGOS 

Esta noche y mañana se presenta dentro del Festival Madrid en Danza la compañía de Jo Strømgren en Teatros del Canal. Quisimos saber la razón por la que el creador afirma estar tan feliz de visitar Madrid y esto fue lo que nos contó…

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_PABLO LORENTE

Madrid, 01 de junio de 2022

Cuando el coreógrafo noruego Jo Strømgren dice que se siente emocionado de estar en Madrid, donde presenta esta noche y mañana a su compañía de Oslo en los Teatros del Canal, no se trata del típico cumplido de un creador extranjero que ha sido invitado a bailar en una ciudad. Dice que le cuesta, pero el español que habla es claro, nítido y fluido. Lo aprendió aquí mismo, hace 35 años cuando tenía apenas 17 y vino en un programa de intercambio. No lo trajo la danza pero esa inquietud ya estaba allí y la efervescencia pos-movida madrileña de 1987 no hizo más que estimularlo. Fue mucho lo que vio y aprendió en el entonces joven Festival Madrid en Danza, que hoy lo acoge como invitado. Y eso lo tiene feliz.

El de aquel entonces era un jovenzuelo noruego que soñaba ser bailaor en un tablao. El de hoy es uno de los coreógrafos más consolidados y reputados de su país, con una compañía que ostenta un enorme catálogo de obras tremendamente variado y distinto entre sí y una atiborrada agenda de actuaciones por todo el mundo.

Alguien afirmaba que era imposible conocer el trabajo de Jo Strømgren, aun viendo varias piezas suyas, porque cada una parece muy alejada de la otra. Pero coinciden quizá en el humor, un aspecto que parece inherente al creador, que se muestra siempre encantador y divertido. No solamente de cara a la galería, como ratifica Henriette Hamli, una de las jóvenes bailarinas de su compañía. “Es divertido e inspirador. Es relajado, te hace sentir parte de una familia. También es muy abierto, sabes que puedes dar tu opinión y participar en los procesos. Nunca estuve en el escenario y sentí carcajadas venir de la platea. Esto me ocurrió con The Ring [2014], una de las piezas que bailaremos aquí en Madrid”.

Sencillez y honestidad parecen también formar parte de la filosofía de vida de Jo Strømgren. “No me planteo tener una carrera ilustrada ni ser una personalidad de la danza”, afirma. “A muchos países a los que vamos creen que soy una mujer, otros creen que soy sueco… y no me importa, me gusta ser anónimo, no tengo actividad en las redes sociales, no es lo que me interesa”.

Las otras tres piezas que conforman el programa Made in Oslo, que su compañía bailará hoy y mañana en Canal son Gone (2015), Salve Regina (2017) y Kvart (2007), que se baila sobre una pequeña mantita de lana.

¿Cómo recuerda su experiencia en Madrid en 1987?

Mi hermana española tenía una amiga que trabajaba con Blanca Calvo, en Bocanada Danza, a los que conocí en una fiesta y ya me propusieron bailar con ellos, pero no había venido a eso. Lo que sí hice fue tomar clases de flamenco en la calle Amor de Dios porque mi sueño era actuar en un tablao aunque tuviera esta pinta de guiri. También tomé clases con Carmen Senra, conocí a Pilar Sierra, que me dejó estar con ellos, y sobre todo, vi de todo en el Festival Madrid en Danza. Ahora, 35 años más tarde, estoy aquí con mi compañía en este festival, bailo en este teatro y me he reencontrado con mi familia española de acogida.

 

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¿Por qué ha decidido traernos un programa de cuatro piezas cortas en vez de una de sus piezas grandes?

Hacemos muchas giras, hemos estado en 60 países, y siempre llevamos piezas de una noche, obras largas y temáticas, pero estuve pensando que teníamos muchas piezas cortas de mucho éxito que solamente se han visto en Noruega, obras que sabemos que funcionan en nuestro país pero no fuera. Hace poco vi a Farruquito en Oslo y pensaba que era un espectáculo for export, que tenía sentido fuera y que a lo mejor en Sevilla era menos impactante o interesante, así que también quería probar con algo nuestro y armé este programa de secretos noruegos. Son obras de danza pura que no tienen un hilo conductor ni relación entre ellas. Se hicieron en momentos distintos y con motivaciones diferentes.

Sus obras no se parecen entre sí pero si mira el conjunto… ¿encuentra puntos en común?

No me gusta mirar atrás, pero hace poco encontré el programa de mano de mi primera obra, una pieza de quince minutos que hice en el Conservatorio, y leyendo el planteamiento me di cuenta de que en el fondo es lo mismo que me sigue motivando hoy. Me ha interesado siempre ese ser moderno y cosmopolita que tiene el control de todo pero con una pequeña rasgadura que le hagas en esa fachada surgen grandes inseguridades sobre lo que es la vida moderna en sociedad. Tampoco se trata de grandes declaraciones políticas ni mucho menos. Me gusta trabajar el detalle, las cosas pequeñas que veo o leo en las noticias, historias absurdas de la vida.

¿Y siempre con humor?

El humor importa, sí… pero supone un problema. Creo que a veces la gente se ríe demasiado en mis trabajos, así que un día me propuse hacer una obra muy seria y muy triste, y noté que se rieron aún más que con las que eran intencionadamente divertidas. Pero también es verdad que nosotros, que hemos viajado por tantos países y conocido tantas culturas, hemos descubierto que el humor es una puerta grande para la comunicación. Con un poco de humor puedes llegar a ser auténticamente vanguardista.

Aparte de las obras para su compañía, suele crear por encargo para agrupaciones de todo tipo: de ballet, de contemporáneo… ¿se siente cómodo?

Me gustan los procesos problemáticos, me despiertan, me ponen alerta… son como las matemáticas, que te plantean un panorama difícil que te obliga a buscarle soluciones, y a mí me gustan los retos… mi próxima creación la haré con el Teatro Nacional de Sordos y eso me pone en la situación de plantearme cómo es que lo voy a hacer. Yo hago más o menos una producción al año con el Ballet Nacional de Noruega y no es que no me guste, pero es más rutinario, no me plantea retos ni problemas.

¿Es Oslo un buen sitio para crear?

En Noruega hay mucho apoyo y reconozco que es un privilegio. Oslo es una ciudad abierta y como artista puedes decir y plantear lo que quieras, no como Estados Unidos, Inglaterra o Suecia donde solo se permite lo políticamente correcto, y esto también es una ventaja. Somos ricos en Noruega pero eso hace también que nuestros honorarios sean inalcanzables para programadores de todo el mundo, que se pueden llevar una compañía polaca completa por cuatro veces menos de lo que costamos nosotros. Estoy orgulloso de mi país, es cierto, pero al mismo tiempo tanta riqueza hace que no haya necesidad y que no ocurra nada. En ese sentido, me aburre un poco. En cambio, vas a Latinoamérica o los países del Este y notas que de las dificultades y las situaciones tremendas que viven surgen necesidades creativas verdaderas, urgencia por hacer y decir cosas relevantes.

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